Me sospecho recurrente. En cuanto me descuido ya estoy escribiendo otro post sobre la amistad. Siempre tengo en la boca y en el pensamiento, en este caso en los dedos que teclean, a alguna persona amiga y digo persona porque no tengo mascotas, aunque mi hermana me corrobora puntualmente el dicho popular de la amistad leal que su perro de aguas le profesa. En cuanto llega a casa la recibe con gran profusión de saltos, ladridos y lenguetazos.
Yo suelo ser un poco más prudente y no boto ni saco la lengua, pero aún así me alegra mucho compartir el tiempo con mis amistades y no escatimo besos, abrazos ni algún que otro aspaviento. Me ilusionan las citas programadas, esas reuniones de chicas entorno a la mesa en que hacemos exaltación de nuestra condición sin tapujos. Me encantan los encuentros que mi marido y yo mantenemos con parejas amigas cuando la paternidad nos lo permite. Y también disfruto de las reuniones familiares con más familias.
Pero podría asegurar que los encuentros fortuitos o inesperados son los que más satisfacción me producen. Esos de tropezón a la vuelta de la esquina que hacen que llegues tarde a todas partes. Te pones a charlar y el tiempo transcurre en un suspiro. A la despedida apresurada le sucede esa impresión de nostalgia y alegría que nos pinta una sonrisa en la boca y nos humedece los ojos.
Las vacaciones de verano nos distancian de los amigos y amigas porque cada cual se va con los suyos a la playa, de viaje o a la montaña y transcurren el tiempo sin una llamada siquiera. Hay que ver que escasa la actividad de mi correo electrónico este agosto. Rafael me envió un email alegrándose por mi regreso en cuanto colgué el post anterior. “Esto ha sido un erial”, me escribió. El lunes vino a saludarme a la oficina mi amiga Catiunga, que acaba de regresar de un crucero fluvial por la Borgoña y se ha hartado de vino, cruasanes y pastís. El martes coincidí en un semáforo con África, quien el fin de semana pasado obtuvo la medalla de plata en la Vuelta a las Islas Malgrats en piragua y esta mañana, de camino a su trabajo en una agencia de noticias, se ha detenido en mi oficina Felipe. Nos hemos ido a tomar un café en un local que una familia argentina ha abierto aquí al lado. Y en un santiamén se han sucedido todas las emociones que estrechan la amistad. Con el café hemos compartido la incertidumbre de nuestros respectivos estudios, la inquietud por estos tiempos de crisis, algunas convicciones y proyectos y, sobretodo, unas cuantas risas que han iluminado mi jornada laboral.
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