La eterna siesta
Ya se ha apoderado de mí el bochorno del verano, la lentitud intrínseca, la indolencia de las vacaciones. Desde que me levanto hasta que me acuesto me parece estar en duerme-vela, como si la siesta se eternizara. Por la mañana me despieta la luz del sol que entra dosificada a través de los orificios de la persiana. Apenas entorno los párpados que, de tan pesados, se resisten a la consciencia. El despertar se constituye en una gesta tan heróica como la de correr una maratón. Cuando consigo incorporarme me dirijo tambaleante a la cocina. Siento la tetera sobre un fuego pequeño y deambulo sonánbula por la casa hasta que silba. Preparo un té verde que me procura no sé cuantos antioxidantes y antiradicales pero que hace descender mi tensión al averno. Entre las llamas del infierno me muevo con tanta lentitud como soltura. Unas veces me reguardo del calor a la sombra de una higuera, en otras ocasiones cortejo mis límites en la playa o bien sesteo en una tumbona. Hastiada del ambiente aséptico que el aire acondicionado reparte por mi casa, donde no es verano ni invierno, me repantigo en una silla en la terraza. El sudor me humedece las axilas y las ingles y los pliegues del cuello. Mi marido asoma la cabeza y me pregunta si me apetece un blanco fresquito. Claro que sí, le contesto. El blanc de blancs servido en copa de corola verde traslúcido y tallo trasparente refleja la luz amarilla de la tarde en la pared. Observo las plantas que sobreviven al calor y decido sustituir las diezmadas por macetas nuevas lo más pronto posible, quizás mañana o pasado. Estiro las piernas y la tarde languidece despacito sobre los dedos de mis pies.

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