Del cine de verano a París
La Asociación de Vecinos de mi barrio organizó anoche la proyección de una película en la explanada del club de vela. Se trataba de una película de animación, Rattatouille. Me resultó un poco estraña esa pantalla gigantesca instalada junto al mar, compitiendo en altura con los mástiles de los barcos de vela atracados en el puerto, pero no puedo negar que estuvimos la mar de bien, disfrutando de una película deliciosa, de estética cuidada y diálogos brillantes que transcurre en un decadente restaurante de París. En una ocasión le conté a mi hija -que ahora tiene 3 años- que su padre y yo habíamos viajado a París estando yo embarazada de 5 meses. En cuanto empezaron a aparecer los créditos que ponían fin a velada, la niña me dijo muy seria: – Mamá, quiero volver a París- convencida de que la Ciudad de la Luz está habitada por dibujos animados.
A mi marido y a mi nos encanta viajar con nuestra hija. Claro que limitamos las horas de vuelo y evitamos los destinos exóticos que, en caso de contratiempo, puedan impedirnos un desarrollo favorable de las vacaciones. Pero acudimos con ella a los museos, mercadillos o cualquier lugar que nos apetece porque hemos comprobado que todos los sitios doblan su atractivo cuando dejamos de verlos con nuestros ojos experimentados y los observamos con su mirada de niña.


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