Un reto para profesionales de la Comunicación, las RR.PP. y el Protocolo: contribuir a la igualdad de género

•diciembre 15, 2015 • Dejar un comentario

Origen: Un reto para profesionales de la Comunicación, las RR.PP. y el Protocolo: contribuir a la igualdad de género

El otoño

•noviembre 6, 2008 • Dejar un comentario

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En el puente de Todos Los Santos nos hemos ido a Hamburgo. Me encanta esta ciudad alemana tan extensa y cosmopolita, su arquitectura, las calles arboladas, los canales y el lago Alster por cuya orilla transitan constantemente multitud de personas practicando deporte, paseando o buscando un hueco desde el que detenerse a contemplar el reflejo del cielo de otoño en el agua.

Hamburgo es una ciudad para visitar en las estaciones intermedias, en primavera y en otoño, cuando los árboles se renuevan o bien cuando desfallecen. El verde de las hojas en primavera es tan espléndido que deslumbra y, en otoño, maravilla la intensidad de los tonos ocres y dorados de los árboles en contraste con la hierba espesa de los parques, que son incontables.

Nunca me ha parecido tan vívido el otoño como en las calles de Hamburgo. Todo el color que despliegan las hojas de los árboles caídas y también las que aún permanecen suspendidas en sus ramas, compensa lo plano del cielo. De la mañana a la noche la luz cenital es siempre la misma, lo que produce cierto desconcierto.

El reptil desnudo

•septiembre 23, 2008 • 2 comentarios

Me fascina la estética asiática por lo desconcertante y misterioso. Esta fotografia del japonés Takashi Kashiwagi consume mi capacidad de interrogarme. No sé si ese tatuaje sobrecarga la espalda con tanta simbología, si la afea o embellece, si la oculta o desvela. Me pregunto si es una farsa o un doloroso proceso el que  exhibe.  Me gustaría atisbar más allá de esos hombros doblegados y averiguar hasta donde alcanza la silueta del reptil. Así que me quedaré una rato más observando las escamas por si el dragón vuelve la cabeza y me muestra su lengua viperina.

Risa y amistad

•septiembre 5, 2008 • 1 comentario

Me sospecho recurrente. En cuanto me descuido ya estoy escribiendo otro post sobre la amistad.  Siempre tengo en la boca y en el pensamiento, en este caso en los dedos que teclean, a alguna persona amiga y digo persona porque no tengo mascotas, aunque mi hermana me corrobora puntualmente el dicho popular de la amistad leal que su perro de aguas le profesa. En cuanto llega a casa la recibe con gran profusión de saltos, ladridos y lenguetazos.

Yo suelo ser un poco más prudente y no boto ni saco la lengua, pero aún así me alegra mucho compartir el tiempo con mis amistades y no escatimo besos, abrazos ni algún que otro aspaviento. Me ilusionan las citas programadas, esas reuniones de chicas entorno a la mesa en que hacemos exaltación de nuestra condición sin tapujos. Me encantan los encuentros que mi marido y yo mantenemos con parejas amigas cuando la paternidad nos lo permite. Y también disfruto de las reuniones familiares con más familias.

Pero podría asegurar que los encuentros fortuitos o inesperados son los que más satisfacción me producen. Esos de tropezón a la vuelta de la esquina que hacen que llegues tarde a todas partes. Te pones a charlar y el tiempo transcurre en un suspiro. A la despedida apresurada le sucede esa impresión de nostalgia y alegría que nos pinta una sonrisa en la boca y nos humedece los ojos.

Las vacaciones de verano nos distancian de los amigos y amigas porque cada cual se va con los suyos a la playa, de viaje o a la montaña y transcurren el tiempo sin una llamada siquiera. Hay que ver que escasa la actividad de mi correo electrónico este agosto. Rafael me envió un email alegrándose por mi regreso en cuanto colgué el post anterior. “Esto ha sido  un erial”, me escribió.  El lunes vino a saludarme a la oficina  mi amiga Catiunga, que acaba de regresar de un crucero fluvial por la Borgoña y se ha hartado de vino, cruasanes y pastís. El martes coincidí en un semáforo con África,  quien el fin de semana pasado obtuvo la medalla de plata en la Vuelta a las Islas Malgrats en piragua y esta mañana, de camino a su trabajo en una agencia de noticias, se ha detenido en mi oficina Felipe. Nos hemos ido a tomar un café en un local que una familia argentina ha abierto aquí al lado. Y en un santiamén se han sucedido todas las emociones que estrechan la amistad. Con el café hemos compartido la incertidumbre de nuestros respectivos estudios, la inquietud por estos tiempos de crisis, algunas convicciones y proyectos y, sobretodo, unas cuantas risas que han iluminado mi jornada laboral.

Del cine de verano a París

•septiembre 1, 2008 • Dejar un comentario

  La Asociación de Vecinos de mi barrio organizó anoche la proyección de una película en la explanada del club de vela.  Se trataba de una película de animación, Rattatouille. Me resultó un poco estraña esa pantalla gigantesca instalada junto al mar,  compitiendo en altura con los mástiles de los barcos de vela atracados en el puerto,  pero no puedo negar que estuvimos la mar de bien, disfrutando de una película deliciosa, de estética cuidada y diálogos brillantes que transcurre en un decadente restaurante de París. En una ocasión le conté a mi hija -que ahora tiene 3 años- que su padre y yo habíamos viajado a París estando yo embarazada de 5 meses.  En cuanto empezaron a aparecer los créditos que ponían fin a velada, la niña me dijo muy seria: – Mamá, quiero volver a París- convencida de que  la Ciudad de la Luz está habitada por dibujos animados.

A mi marido y a mi nos encanta viajar con nuestra hija. Claro que limitamos las horas de vuelo y evitamos los destinos exóticos que, en caso de contratiempo, puedan impedirnos un desarrollo favorable de las vacaciones.  Pero acudimos con ella a los museos, mercadillos o cualquier lugar que nos apetece porque  hemos comprobado que todos los sitios doblan su atractivo cuando dejamos de verlos con nuestros ojos experimentados y los observamos con su mirada de niña.

Literatura y café

•agosto 14, 2008 • 3 comentarios

A la hora en que las calles están desiertas porque el calor derrite cualquier cuerpo que ose aventurarse a exponerse a las altas temperaturas, me he puesto a juguetear con el teclado del ordenador. No sé porqué me resisto esta tarde a la siesta y estoy tan despabilada como si hubiera estado chapoteando en el agua de un glaciar. Iba a prepararme un café por el simple placer de oler primero el café en grano y, poco después, el de los borbotones aromáticos que desprende la cafetera. Pero me ha dado miedo que sus efectos persistan hasta las tantas de la madrugada y el nuevo día me alcance absolutamente insomne sin haber adquirido unos cuantos libros más de los que tenía previsto leer este verano. Por eso me he sentado a juguetear con las letras del teclado porque ya he leído, disfrutado, analizado y subrayado “El corazón de las tinieblas”, de Conrad, y “El guardián entre el centeno”, de Salinger. Creo que me voy a preparar ese café y luego con mi hija a la librería.

La eterna siesta

•agosto 7, 2008 • Dejar un comentario

Ya se ha apoderado de mí el bochorno del verano, la lentitud intrínseca, la indolencia de las vacaciones. Desde que me levanto hasta que me acuesto me parece estar en duerme-vela,  como si la siesta se eternizara. Por la mañana me despieta la luz del sol que entra dosificada a través de los orificios de la persiana. Apenas entorno los párpados  que, de tan pesados, se resisten a la consciencia. El despertar se constituye en una gesta tan heróica como la de correr una maratón. Cuando consigo incorporarme me dirijo tambaleante a la cocina. Siento la tetera sobre un fuego pequeño y deambulo sonánbula por la casa hasta que silba. Preparo un té verde que me procura no sé cuantos antioxidantes  y antiradicales pero que hace descender mi tensión al averno. Entre las llamas del infierno  me muevo con tanta lentitud como soltura. Unas veces me reguardo del calor a la sombra de una higuera, en otras ocasiones cortejo mis límites en la playa o bien sesteo en una tumbona. Hastiada del ambiente aséptico que el aire acondicionado reparte por mi casa, donde no es verano ni invierno, me repantigo en una silla en la terraza. El sudor me humedece las axilas y las ingles y los pliegues del cuello. Mi marido asoma la cabeza y me pregunta si me apetece un blanco fresquito. Claro que sí, le contesto. El blanc de blancs servido en copa de corola verde traslúcido y tallo trasparente refleja la luz amarilla de la tarde en la pared. Observo las plantas que sobreviven al calor y decido sustituir las diezmadas por macetas nuevas lo más pronto posible, quizás mañana o pasado. Estiro las piernas y la tarde languidece despacito sobre los dedos de mis pies.

 
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